De lo local a lo global: una historia de resiliencia, cultura y empoderamiento sin límites.

Estrella, cuéntanos un poco de tu trayectoria.

Vine a España siendo adolescente, junto a mis hermanas, mis padres nos trajeron a estudiar. Nací en Guinea Ecuatorial, pero mi vida se forjó aquí. Llegamos a Sigüenza (Guadalajara), donde estudié. Después, me mudé a Madrid y viví en varias localidades… Pero fue Fuenlabrada la ciudad donde eché raíces: aquí pasé la mitad de mi vida y tuve a mi hija.

¿Qué te llevó a aventurarte en esta idea de negocio?

Siempre he tenido vena emprendedora, esa necesidad de crear. Cuando decidí emprender en proyectos para visibilizar la cultura africana, lo hice con un propósito claro: acercarla a la gente para que la viva, la conozca, la disfrute y descubra África en positivo. Quiero mostrar la alegría de su gente, ese mundo lleno de colores, la inmensa diversidad cultural, las tradiciones ancestrales y una gastronomía… ¡que es puro sabor!

Pero también quiero resaltar algo que muchos ignoran: la capacidad africana de interactuar con otros pueblos, de adaptarse y abrirse sin perder su identidad. Somos gente alegre, sí, pero también resiliente. Y hay otro aspecto crucial: el potencial económico de África. Existen inversiones y recursos que, por cuestiones estratégicas y políticas, no se aprovechan para impulsar el crecimiento industrial. Es un capital que la gente de a pie desconoce, pero que podría transformar realidades si se gestionara con transparencia y visión.»

¿Cuál crees que es la esencia de tu proyecto y qué lo hace diferente?

La esencia es normalizar la cultura africana en la sociedad madrileña. Quiero que la gente no solo vea África, sino que la sienta: los rojos intensos de sus atardeceres, los verdes de sus selvas, los dorados de sus tradiciones… ¡Que los colores le atraviesen el alma!

Lo que me hace diferente son los medios que uso: creo espacios cuidados, casi íntimos, donde el ocio se convierte en un puente. Imagina un lugar donde, mientras te relajas con amigos o compañeros de trabajo, descubres sabores nuevos —¡una gastronomía que es fiesta en el paladar! -, te dejas llevar por música que te hace bailar sin querer y tocas telas que cuentan historias milenarias.

No es solo aprender sobre África… es vivirla sin estrés, con curiosidad y alegría. Y así, casi sin darte cuenta, terminas abrazando su esencia.»*

Con respecto a tu participación en el Madrid Design Festival 2025, ¿Qué significa para ti trabajar con telas africanas y cómo conecta esto con tu identidad o tus valores corporativos?

Trabajar con telas africanas es transmitir la esencia misma de un continente. Cada patrón, cada color, es un símbolo unificador que narra el lenguaje de nuestros pueblos: historias de tradiciones ancestrales, de comunidades que resisten y celebran. Las telas no son solo tejidos; son cultura africana hecha tangible, la piel de una identidad que vibra en cada hilo.

Esto conecta profundamente con mis valores y con Oyopp, mi proyecto. Para mí, estas telas representan autenticidad y legado, y así las integro: como herramientas para preservar tradiciones, pero también para innovar. No se trata solo de vender complementos, sino de crear piezas que lleven consigo la forma de vida africana: su alegría, su resistencia y su capacidad para unir mundos.

¿Cómo defines la relación entre tu negocio y la sostenibilidad, tanto a nivel ambiental como social?

La sostenibilidad es el corazón de Oyopp. Las telas africanas que utilizamos se elaboran con técnicas ancestrales y tintes naturales, muchos extraídos de plantas como el índigo o la cáscara de nuez. Este proceso no solo evita químicos dañinos, sino que honra un saber hacer que lleve siglos coexistiendo con la tierra sin explotarla. Estas telas son el sustento de comunidades enteras, especialmente de mujeres artesanas. Al trabajar directamente con ellas, garantizamos un comercio justo que preserva su autonomía económica y dignifica su trabajo.

Pero hay algo más profundo: cada tela es un acto de transmisión cultural auténtica. Los símbolos que llevan —esa iconografía de fertilidad, resistencia o unidad— no son solo decoración: son un lenguaje vivo que conecta generaciones. Así, nuestro negocio no vende productos, sino puentes entre el legado africano y un futuro consciente.»*

¿Qué impacto esperas generar con tu proyecto, tanto en tu comunidad como en la sociedad en general?

Mi gran sueño es normalizar la cultura africana hasta hacerla cotidiana, rompiendo estereotipos y acercándola a la vida diaria de las personas. Para lograrlo, quiero crear una red de emprendedores africanos que, como yo, trabajen con autenticidad. Juntos, podremos amplificar nuestra voz y llegar a más gente, no como proyectos aislados, sino como un movimiento cultural cohesionado.

A nivel social, busco que la gente no solo consuma productos africanos, sino que los viva como experiencias cercanas: que una madre española elija una tela ankara para vestir a su hija, que un grupo de amigos descubra la gastronomía de Senegal en un taller, o que una empresa integre arte africano en sus espacios. Esa es la verdadera normalización: que lo africano deje de ser ‘exótico’ para ser parte de nuestro paisaje humano.

Como mujer emprendedora, ¿cuáles consideras que son las principales barreras o desafíos con los que tienes o has tenido que lidiar?

Como mujer, llevo a cuestas roles que socialmente siguen recayendo sobre nosotras: la casa, los hijos, la familia… A esto se suma que mi entorno más cercano no siempre entendió mi proyecto. Algunos creían que ‘perdía el tiempo’ y que debería dedicarme a ‘cosas más prácticas’, como atender sus necesidades. Es duro cuando quienes te rodean no ven el valor de lo que construyes.

Vengo de un mundo analógico, y adaptarme a la digital ha sido un reto titánico. No soy nativa digital, y cosas como la inteligencia artificial, el marketing online o las redes sociales me obligan a aprender cada día. Justo cuando dominas una herramienta, ¡la actualizan! Y ahora todo son reuniones virtuales, gestiones en la nube… Es agotador, pero necesario para no quedarse atrás.

Nadie te prepara para lidiar con trámites interminables: altas en la Seguridad Social, impuestos, licencias… Incluso delegando en una gestoría, hay errores que retrasan todo. Esto no solo quita tiempo, sino que frena la creatividad: en lugar de enfocarme en innovar, me ahogo en papeles. Es como si el sistema estuviera diseñado para desanimar a los emprendedores.

A pesar de todo, sigo aquí. Porque cuando crees en algo, la resiliencia se convierte en tu aliada. Y porque cada vez que alguien vibra con mis telas o descubre África a través de mis talleres, sé que el esfuerzo vale la pena.

¿Qué métodos han demostrado ser útiles para superar obstáculos? ¿Qué estrategias te han ayudado a persistir?

Para mí, la clave ha sido construir comunidad. Desde el principio, entendí que no podía emprender en soledad.

He participado activamente en networking con mujeres, como los círculos de emprendedoras o eventos de emprendedores. Ahí encontré algo invaluable: apoyo emocional y consejos prácticos. No importaba si estábamos en etapas distintas del camino; todas éramos vasos comunicantes. Las que iban adelante me orientaban, y yo, a mi vez, compartía lo aprendido con quienes empezaban. Esa reciprocidad me dio fuerza para seguir.»

Organizaciones como el CIFE de Fuenlabrada , Mujeres Progresistas y este servicio de activación y emprendimiento de la Concejalía de Feminismo del Ayuntamiento de Fuenlabrada han sido faros, en especial este último del que tu eres consultor me ha sido muy útil. Con ellos y contigo aprendí cosas que nunca imaginé dominar. Y lo mejor: me recordaron que no soy una excepción, sino parte de un movimiento de mujeres transformando la economía.»

También me he aliado con otras emprendedoras de cultura africana. Juntas, creamos sinergias: una organiza talleres de danza, otra vende artesanía, y yo aporto las telas. Así amplificamos nuestro impacto y demostramos que la unión hace visible lo invisible.»

Y la estrategia más personal ha sido creer con rabia en mi proyecto. Cuando la burocracia o el cansancio golpeaban, me repetía: “Esto no es solo un negocio, es un legado”. Y cada vez que alguien me decía “Gracias por mostrarnos África de otra forma”, confirmaba que el esfuerzo valía la pena.»

¿Dirías que las mujeres, al iniciar un nuevo emprendimiento, tienden a encontrar más obstáculos que los hombres? Si es así, ¿cuáles?

Sí, sin duda. Las mujeres enfrentamos barreras estructurales que los hombres ni siquiera perciben. El principal obstáculo es la carga invisible del cuidado: asumimos roles de cuidadoras —de hijos, mayores, hogar— que consumen tiempo y energía. Esto limita nuestras horas para formarnos, crear o incluso descansar.

Si un hombre emprende, se valora su ambición; si una mujer lo hace, se cuestiona si ‘abandona’ su rol familiar. A mí me decían: ‘¿No estarás descuidando a tu hija?’. Esa presión constante mina la confianza.»

Otra cuestión es que acceder a financiación o redes de contacto es más difícil. Los inversores suelen apostar por proyectos liderados por hombres, y las mujeres no tenemos tantos referentes en puestos de poder que nos abran puertas.»

También, muchas internalizamos estereotipos: ‘¿Seré capaz?’. Yo misma dudaba al principio, hasta que entendí que mi perspectiva femenina era un valor, no un defecto.

Y a los hombres no les pasa, se entiende que esta tarea es innata.

Exacto. A los hombres no se les exige que prioricen el cuidado sobre sus proyectos. La sociedad asume que ellos pueden dedicarse plenamente a su negocio, mientras que nosotras cargamos con la mochila invisible de la familia, incluso antes de tener hijos. Es una trampa de roles: se nos juzga por lo que podríamos dejar de hacer (cuidar), no por lo que somos capaces de crear.

Pero hay otro obstáculo silencioso: la credibilidad. Cuando un hombre presenta un proyecto, se asume que tiene capacidad, recursos y tiempo. Si lo hace una mujer, automáticamente surgen dudas: *‘¿Podrá compaginar familia y negocio?’, ‘¿Tendrá la experiencia?’. Es como si nuestro potencial viniera con un asterisco: ‘Sujeto a imprevistos domésticos’.

¿Cuáles son las cosas más importantes que has aprendido a lo largo del viaje emprendedor?

He aprendido a confiar en mí misma incluso cuando todo parece ir mal. Los altibajos no son fracasos, sino pruebas de fuego: te enseñan a levantarte más rápido y con más claridad.

De cada situación, por ajena que parezca, puedes extraer algo útil. Una charla casual, un error, hasta un ‘no’ rotundo… Todo suma si sabes mirar con curiosidad.

Al principio, me aferraba a mi idea original como si fuera sagrada. Descubrí que abrir la mente es clave: diversificar, adaptarse, probar caminos distintos.

¿Cómo aconsejarías a las mujeres que desean iniciar un negocio, pero se sienten abrumadas por el miedo o la incertidumbre?

A mí me movió la claridad de mi propósito, pero eso no significa que no existieran dudas. La clave está en actuar a pesar de ellas.

Únanse a comunidades círculos de mujeres empresarias. Ahí encontrarán mentoría, recursos y, sobre todo, ejemplos reales de que es posible. Ver a otras mujeres triunfar (o incluso fracasar y levantarse) les dará perspectiva y coraje.

Hay que formarse en lo que el negocio requiera. Hay muchas plataformas y servicios como este que ofrecen formación y asesoramiento. Pero no hay que obsesionarse: no necesitan saberlo todo al inicio, solo lo suficiente para dar el primer paso.

No hay que perder de vista que hay que observar lo que hacen otros, pero no copiar. Pregúntense: ¿Qué puedo ofrecer que nadie más tiene?

Y un último consejo: empiecen en pequeño, pero empiecen ya. Un taller, una prueba de producto, un perfil en redes… Cada acción, por mínima que sea, dará confianza.

¿Ha cambiado tu comprensión del término emprendimiento desde que comenzaste hasta ahora?

«¡Totalmente! Al principio, pensaba que ‘emprendedora’ era una etiqueta temporal, algo que dejarías atrás al consolidar el negocio. Pero hoy, aunque ya facturo y técnicamente soy una empresaria, prefiero seguir llamándome emprendedora.  Para mí, el emprendimiento no es un título, sino una actitud: es esa chispa de crear algo nuevo cada día, de adaptarte, de no conformarte.

Aunque el mundo me diga ‘ya eres una empresaria’, siento que me falta ese ‘plus’ que asocio con la palabra: quizás una escala mayor o un reconocimiento masivo. Pero luego pienso: ¿importa el tamaño? Para mí, lo esencial es seguir aprendiendo, conectando culturas y desafiando límites.

Así que sí, aunque me jubile con canas y arrugas, seguiré siendo emprendedora.

¿De qué manera el negocio ha impactado en tu vida y en la de las personas que te rodean?

Este proyecto ha sido un viaje de reconexión con mis raíces. Llevo décadas en España, y a veces sentía que África se desdibujaba en mi día a día. Al trabajar con la cultura africana, he redescubierto historias, colores y tradiciones que ahora forman parte de mi identidad. Es como si mi alma hubiera vuelto a casa.

En lo personal, me ha enriquecido conectar con personas que ven el mundo distinto: artistas, artesanas, mujeres migrantes que me enseñan resiliencia… ¡Hasta clientes españoles que me preguntan por el significado de un símbolo en una tela! Ese intercambio me hace crecer cada día.

En mi entorno tengo aliados incondicionales, hay personas que acuden a mis actividades, me dan ideas o simplemente me dicen ‘Esto es importante’. Su apoyo es mi motor. Y otros que siguen viéndolo como ‘una pérdida de tiempo’. Pero hasta eso me ha enseñado a validar mi camino sin necesidad de aprobación externa.

¿Cuáles son tus planes para Oyoop? ¿Hay algo que te gustaría hacer?

Mi sueño es hacer crecer Oyopp y llevarlo más allá de Madrid. Quiero tejer una red de colaboradores que, como yo, trabajen con pasión por visibilizar África.

Pero no se trata solo de crecer, sino de crear alianzas significativas. Busco conectar con diseñadores, artistas y emprendedores afrodescendientes o afroamantes que compartan esta visión. Juntos, podríamos desarrollar colecciones limitadas, eventos itinerantes o incluso una plataforma digital que una a todas estas voces.

¿De qué manera crees que tu experiencia puede motivar a otras mujeres a lanzarse al mundo empresarial?

Soy prueba viva de que los sueños se construyen paso a paso, incluso entre obstáculos. Si otras mujeres ven que una persona como yo —migrante, madre y sin formación en negocios al inicio— logró crear un proyecto que une culturas y genera impacto, entenderán que el emprendimiento no es un club exclusivo, sino un espacio para quienes se atreven a intentarlo.

Mi historia no es de éxito lineal, sino de resistencia y pequeños triunfos: días en que facturé poco, pero conecté con alguien que cambió mi perspectiva, noches de dudas que se convirtieron en ideas brillantes.

Si pudieras enviar un mensaje a todas esas mujeres que intentan sacar adelante sus proyectos, y se sienten solas o desmotivadas, ¿Qué les dirías?

Cuando empecé, intenté hacerlo todo: ser madre, empresaria, promotora de actividades… ¡incluso contable! Pero aprendí que el aislamiento alimenta esas voces que nos dicen ‘¿Qué haces aquí? Esto no es para ti. Por eso, mi consejo es creen su red de apoyo, su tribu emprendedora.

Si tuvieras que resumir tu experiencia como emprendedora en una frase, ¿Cuál sería?

No es una frase, es una palabra. Oyoop’: una palabra de mis raíces que significa ‘arriba, adelante, ánimo’ y que resume mi viaje. Porque emprender es levantarse con los sueños de tus ancestros, construir puentes entre mundos y convertir cada caída en un paso hacia delante.

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