Maternidad y emprendimiento desde la trinchera: el poder de transformar el dolor en acción

Hoy, su historia nos invita a reflexionar sobre la importancia de hablar de salud mental, maternidad y emprendimiento, así como sobre los desafíos, barreras y aprendizajes que enfrentan las mujeres en este camino. Su experiencia demuestra que es posible transformar los desafíos en oportunidades, impactando positivamente su vida y la de quienes la rodean.

Para comenzar, nos gustaría conocerte un poco más, así que: ¿En qué consiste tu proyecto y qué lo hace único?

Mi proyecto está centrado en el acompañamiento emocional y psicosocial a familias con hijos e hijas autistas o con otras diversidades funcionales, con un enfoque especial en las madres. Desde mi experiencia personal y profesional, he constatado que las madres somos quienes asumimos la mayor parte de los cuidados, muchas veces a costa de nuestra vida personal y profesional. A menudo se nos habla de herramientas para la crianza, la gestión del estrés o el bienestar familiar, pero se olvida una dimensión clave: la necesidad de cuestionar los roles tradicionales de género y promover el empoderamiento de las mujeres cuidadoras.

Lo que hace único a este proyecto es precisamente esa mirada integral que pone en el centro los derechos de las madres, su salud mental y su bienestar. Cuidar no debería significar renunciar a nuestros sueños o a nuestras metas, sino poder hacerlo desde un lugar de reconocimiento, apoyo y libertad. Según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, el 89% de las personas cuidadoras en el ámbito familiar son mujeres, y el INE señala un incremento del 44% en los últimos cinco años de personas que han dejado de trabajar para cuidar a familiares con discapacidad. Esta carga invisible impacta de forma directa en la salud mental, la economía y la calidad de vida de las mujeres. Lo sé porque lo he vivido en primera persona.

Además, desde mi trayectoria como psicóloga y asesora en igualdad, he observado que muchas de las intervenciones educativas, especialmente las relacionadas con la igualdad, la prevención de violencias o el acoso escolar, no están adaptadas a las necesidades del alumnado con diversidad funcional. En mis talleres en centros educativos he comprobado cómo el alumnado autista queda excluido de estos contenidos por la falta de accesibilidad metodológica. No comprenden o entienden lo que exponemos en nuestras charlas y dinámicas. Por eso, otra línea esencial de mi proyecto es la asesoría en igualdad e inclusión, promoviendo intervenciones adaptadas y verdaderamente inclusivas.

Este proyecto combina experiencia profesional, mi compromiso personal y una mirada transformadora hacia el rol de las mujeres y madres con hijos e hijas con diversidad funcional, la igualdad y la inclusión. Me presento como psicóloga y asesora, sí, pero también como madre y como mujer que acompaña a otras desde un lugar de empatía, conciencia crítica y su empoderamiento.

¿Cómo ha sido tu recorrido profesional antes de emprender? ¿Qué te llevó a trabajar por los derechos humanos, el género y la familia?

Desde niña tuve una fuerte sensibilidad hacia las desigualdades que vivíamos las niñas y las mujeres. Sin saberlo aún, ya era feminista: cuestionaba por qué siempre éramos nosotras quienes recogíamos la mesa, por qué escuchaba frases como “si no sabes hacer las labores del hogar nadie querrá casarse contigo”, o que se me “pasaría el arroz” si a mis “veinte tantos” años no tenía pareja. Aquellas situaciones cotidianas despertaron en mí una conciencia crítica que con el tiempo se transformó en compromiso.

Un momento clave en mi vida fue durante mis prácticas universitarias en el Centro de la Mujer de Alcalá de Henares, donde trabajé con mujeres víctimas de violencia de género. A la vez que las acompañaba, inicié un profundo proceso personal de reflexión y deconstrucción sobre los mandatos de género, el rol asignado a las mujeres en la sociedad y el impacto del sistema patriarcal en mi vida y nuestras vidas. Por eso mi interés y dedicación de la defensa de los derechos humanos, especialmente los de las mujeres, la infancia y la juventud, contribuyendo a una verdadera cultura de paz.

Desde entonces, mi trayectoria profesional ha estado marcada por ese compromiso. He trabajado con mujeres víctimas de violencia de género, mujeres privadas de libertad, mujeres campesinas, así como con infancia y juventud tanto en España como en Honduras. Fui coordinadora de un piso de acogida para madres en situación de reclusión con la Fundación Labor, educadora de calle en Fuenlabrada, y formadora en Primeros Auxilios Psicológicos con Cruz Roja. También he desarrollado una amplia experiencia en la gestión de proyectos de derechos humanos y prevención de violencias en organizaciones como SERSO-Honduras, Plan International Honduras y Catholic Relief Services (CRS).

En el ámbito institucional, he trabajado como asesora en igualdad y transversalización de género en políticas públicas en la Consejería de Castilla-La Mancha, a través de entidades como la Asociación Trabe y Concilia2. Y más allá del trabajo formal, siempre he participado activamente en asociaciones y movimientos sociales y políticos por los derechos humanos, tanto en España como en Honduras. Especialmente en Honduras, donde los recursos para atender a mujeres en situación de violencia son escasos, muchas compañeras que nos movíamos en Redes de Mujeres contra la violencia de género me pedían apoyo para ofrecer acompañamiento psicológico a mujeres en contextos de extrema vulnerabilidad y violencia. Esa experiencia reforzó aún más mi convicción de que el cuidado emocional, la justicia social y la igualdad deben ir de la mano.

¿Cómo fue el proceso de recibir el diagnóstico de autismo de tu hijo y qué impacto tuvo en tu vida personal y profesional?

El proceso fue paulatino. Ya había sospechas, pero en Honduras —donde vivíamos entonces— no terminaban de concretar el diagnóstico, y además nos alcanzó la pandemia. En medio de todo eso, tuve que regresar a España de urgencia porque diagnosticaron cáncer a mi madre. Fue en ese momento cuando aproveché para que aquí se realizara una evaluación más completa a mi hijo. En España hay más recursos y protocolos tanto desde el sistema sanitario como educativo para identificar dificultades en el desarrollo infantil.

Pasé por todas las etapas que, según dicen, atraviesan las familias ante un diagnóstico. Aunque suelen llamarlo «duelo», a mí nunca me ha gustado esa palabra: mi hijo sigue aquí, conmigo. No lo he perdido. Recuerdo que, al principio, me negaba a aceptar que fuera autista. Lo primero que se me venía a la cabeza era: “va a ser excluido, discriminado, puede ser víctima de acoso escolar… ¿qué pasará cuando yo no esté?” Me sentí perdida, desorientada. Te llegan muchas voces, muchos profesionales, y no sabes quién tiene razón.

Hasta que un día decidí tomar las riendas. Comprendí que, si quería acompañar bien a mi hijo, necesitaba formarme, empoderarme, aprender. Me involucré en asociaciones de familias, me puse a estudiar.

Al tener un hijo autista la crianza y el cuidado te requiere más tiempo, hay que priorizar y esto hizo que mi vida cambiara, tanto personal como profesional. Toda mi familia tuvo que dejar Honduras. En ese momento, yo tenía un buen puesto: estaba a cargo de la gerencia de un proyecto de emergencia con Catholic Relief Services (CRS), en respuesta a las tormentas tropicales ETA e IOTA, que golpearon duramente el país en plena pandemia. Coordinaba a un equipo de unas 20 personas, además de trabajar con organizaciones socias como FUNADEH y Fe y Alegría. Fue una decisión difícil dejarlo, pero lo hice con amor. Pensamos que en España mi hijo tendría más oportunidades, y también estaba la salud de mi madre.

Sin embargo, esta decisión se convierte en un “sacrificio” por las barreras del propio sistema. Surgieron oportunidades laborales como coordinadora de proyectos, pero con horarios absolutamente incompatibles con el cuidado de mi hijo. Tuve que rechazarlas. Me dolió especialmente que esto ocurriera en organizaciones feministas, donde me dijeron que la flexibilidad no era viable. Esto me afectó profundamente. Por suerte, más adelante surgieron oportunidades como asesora en igualdad con entidades como Concilia2, donde sí hubo medidas reales de conciliación y comprensión hacia mi situación.

También, surgieron otros retos personales. Vine con mi familia, pero mi esposo es hondureño, y hemos vivido de cerca lo duro que puede ser para una persona migrante abrirse camino en España. En Honduras, siendo yo migrante, se me abrieron puertas. Aquí, en cambio, a él se le cerraban. Además, como pareja, tuvimos que aprender a convivir con una realidad nueva, comprender a nuestro hijo tal como es y aceptarlo con amor. No es un proceso fácil, y muchas veces no se habla de lo que implica para las parejas. No siempre hay un final feliz, y eso también debería decirse más.

Ahora, con perspectiva, sé que el diagnóstico de mi hijo no es el problema. El verdadero problema es cómo responde la sociedad, cómo actúan las instituciones, cómo se nos acompaña —o no— a las familias. Seguimos siendo las mujeres quienes asumimos la mayor parte de los cuidados, y lo hacemos en un sistema que nos invisibiliza y que además nos pone obstáculos para crecer profesional y personalmente. A esto se suma un sistema capacitista que excluye, y una administración pública que, lejos de facilitar, enreda los procesos. A día de hoy, todavía no hemos podido acceder a la ayuda por dependencia porque soy migrante retornada, y antes deben “asegurarse” de que no voy a volverme a ir del país.

Quiero profundizar en el corazón de tu iniciativa, entender qué te mueve y cómo nació esta propuesta de apoyo. Por eso, te planteo las siguientes preguntas: ¿Qué te motivó a crear un proyecto de apoyo a familias que atraviesan situaciones similares?

Mi motivación nace de una combinación entre mi experiencia personal y mi trayectoria profesional. A lo largo de los años he trabajado en proyectos con perspectiva de género, diseñando programas dirigidos a familias, juventud y mujeres, y desarrollando formaciones para promover la igualdad, la inclusión y los derechos humanos. Sin embargo, al adentrarme en el mundo del autismo y conocer más sobre las metodologías para trabajar con personas con diversidad funcional y discapacidad, sentí con fuerza que tenía que aportar desde mi vivencia y mis conocimientos.  Pensaba: “Aquí faltan cosas por hacer. Hay muchas brechas que reducir. Yo puedo contribuir.” Y sobre todo: “Tengo las capacidades, tengo la experiencia… y quiero dar este paso.”

No quería quedarme estancada en el dolor. Las dificultades que viví con mi hijo, la soledad, la confusión, la falta de apoyos y la sensación de estar en un sistema que no te ve, me llevaron a identificar que hacía falta acompañamiento real, cercano y con enfoque de derechos. También sentí con claridad que necesitábamos unirnos más entre madres y familias.

En aquel momento, yo estaba desarrollando otra idea de negocio —que tú, Francisco, me ayudaste a definir— más centrada en la consultoría y asesoría en igualdad de género para administraciones públicas y empresas. Venía de ese mundo con muchos aprendizajes, pero también con mucho desgaste. Porque, aunque la igualdad de género figura como prioridad en normativas y políticas, llevarlo a la práctica no siempre es fácil. Me encontré con personas comprometidas, con otras que tenían dudas, pero querían aprender, y con quienes directamente querían destruir el trabajo que hacía. Viví situaciones de humillación, falta de respeto, y sentía que todo eso me estaba pasando factura. Estaba agotada.

Recuerdo especialmente una experiencia que fue un punto de inflexión: después de impartir varios talleres de igualdad en empresas donde fui ignorada o recibí críticas destructivas, me invitaron a dar un taller de igualdad en el colegio de educación especial Sor Juana Inés de la Cruz, en Fuenlabrada. Me esforcé por adaptar los contenidos a las necesidades del alumnado, y al terminar la jornada, varios estudiantes me dieron las gracias… incluso algunos alumnos me querían dar un abrazo de despedida. Fue ahí cuando algo se movió dentro de mí y me dije: “Da el paso. Esto es lo que quieres hacer. Esto sí tiene sentido.”

Ese momento me confirmó lo que ya te había expresado meses atrás: que el plan de negocio que habíamos diseñado ya no me representaba. Sentía la necesidad de reorientarlo, de enfocarme en lo que realmente me nacía del corazón: acompañar a madres, a familias, que están atravesando caminos similares al mío. Porque nadie debería sentirse tan sola, y porque creo profundamente que un acompañamiento que busca la transformación personal y social es importante.

Hemos hablado de tu camino personal y profesional, y ahora quiero adentrarnos en el corazón de tu proyecto: ese espacio que has creado desde la vivencia, el conocimiento y el compromiso con otras familias. Quiero conocer más sobre la esencia de lo que haces, el propósito que te impulsa y la comunidad que te rodea. Así que cuéntanos: ¿Qué necesidades busca atender y qué tipo de apoyo ofrece a las familias?

Mi trabajo se centra en acompañar a familias —especialmente a madres, aunque no exclusivamente— que atraviesan el impacto del diagnóstico de autismo o diversidad funcional en sus hijos e hijas, así como los desafíos cotidianos que conlleva la crianza y la defensa de sus derechos. Esta realidad puede ser profundamente agotadora, no solo por las barreras que enfrentamos en lo educativo, social o institucional, sino también porque se suma a las exigencias de la vida cotidiana. Por eso, ofrezco un apoyo emocional cercano, espacios seguros para compartir experiencias, orientación práctica en la crianza y formación accesible para comprender y acompañar con respeto y dignidad a nuestros hijos e hijas. También abordo otras dimensiones que nos atraviesan como mujeres y cuidadoras: las relaciones de pareja, la sexualidad (tan invisibilizada en nosotras), los retos profesionales y la necesidad de cuidarnos a nosotras mismas. Es urgente fomentar la sororidad y construir comunidad.

Ofrezco acompañamiento psicológico individual, familiar y grupal, con especial foco en las madres. Y aunque mi mensaje suele dirigirse a ellas, también acompaño a padres, abuelas, abuelos, hermanas y otros miembros del entorno familiar que lo deseen. Hago esta distinción porque muchas veces se me pregunta por qué hablo principalmente de madres, y es importante visibilizar que son ellas quienes, en la mayoría de los casos, buscan estos espacios de apoyo. He intentado abrir espacios mixtos para que los padres se sumen, pero en general no participan. Creo que esto responde a mandatos sociales que les impiden conectar con sus emociones o pedir ayuda. Sin embargo, me interesa trabajar con aquellos hombres que desean construir otras formas de ser padres y compañeros, y convertirse en agentes de cambio. Porque también sufren, aunque a menudo no se permiten expresarlo. Y porque, lamentablemente, hay otros que directamente se ausentan, dejando a las madres solas.

Por otro lado, también me dirijo a profesionales, centros, asociaciones, empresas y administraciones públicas que quieren formarse en igualdad de género y aplicar un enfoque verdaderamente inclusivo. Me encantaría que las Escuelas de Familias que se organizan en asociaciones y centros terapéuticos visibilicen más a las madres, que suelen ser las únicas que participan, y que se atrevan a incorporar una mirada feminista que favorezca su empoderamiento.

Es igual de importante que los talleres escolares y las actividades en institutos consideren la diversidad funcional del alumnado, adaptando las metodologías para que todas las personas puedan participar plenamente. En las intervenciones dirigidas a personas con discapacidad, no podemos olvidar que las identidades de género y orientaciones sexuales diversas también generan necesidades específicas, y que persisten sesgos incluso en los diagnósticos. Por ejemplo, el autismo en niñas y mujeres sigue estando invisibilizado.

Aspiro a que, en una empresa, sus trabajadores puedan comprender, acoger y acompañar con empatía a personas con diversidad funcional, y que puedan surgir relaciones reales de compañerismo e incluso amistad. Y sueño con que los servicios de ocio y tiempo libre —ya sean municipales, privados o comunitarios— digan abiertamente a las familias: “Sí, tu hijo o hija puede participar. Aquí hay recursos para acompañarle. Aquí cabemos todas y todos.”

En definitiva, mi servicio de acompañamiento y también de consultoría y asesoría va encaminado a esto: a transformar socialmente, a reducir brechas, y a construir entornos más inclusivos y justos para todas las personas, empezando por nuestras familias.

¿Quiénes te han acompañado o inspirado?

Cuando pienso en quién me ha inspirado, lo primero que me vienen a la mente son las mujeres que me han acompañado a lo largo de mi vida: madres privadas de libertad, mujeres campesinas en Honduras, defensoras de derechos humanos, maestras, alumnas, compañeras de trabajo tanto en España como en Centroamérica. Muchas de ellas han vivido situaciones extremadamente duras, marcadas por la violencia machista, la pobreza… y, aun así, siguen adelante con fuerza y muchas veces, con una sonrisa. Ellas me enseñaron que siempre se puede seguir, que rendirse no es la única opción. Y entonces me digo: “Si ellas pueden, ¿cómo no voy a poder yo?”

También me acompañan mi madre, mi padre, mi tía, mis primas, mi pareja y mis amistades. Son quienes creen en mí, quienes me apoyan en esta iniciativa. Porque emprender no siempre es bien recibido; muchas veces te miran con duda o con miedo, como si te estuvieras metiendo en algo imposible. Pero contar con personas que entienden el porqué de este camino y que me animan a seguir, ha sido fundamental para no rendirme y seguir construyendo este proyecto.

Emprender es un acto valiente, y hacerlo siendo madre (y aún más, madre de un niño con discapacidad) implica atravesar barreras que muchas veces no se ven, pero que están ahí: sociales, económicas, emocionales y estructurales.

Quiero hablar contigo de esos desafíos que pocas veces se nombran con suficiente honestidad, y también de los recursos que te han sostenido para seguir adelante.

¿Cuáles han sido los principales obstáculos o barreras que has enfrentado como mujer, madre y emprendedora?

Si me pongo teórica, podría enumerar muchas de las barreras que enfrentamos las mujeres: la segregación horizontal y el suelo pegajoso, la segregación vertical y el techo de cristal, el síndrome de la impostora, la doble carga de trabajo, la carga mental, la falta de conciliación y corresponsabilidad… Todas estas condiciones se hacen aún más visibles cuando decides emprender.

Creo que muchas mujeres emprendemos precisamente como respuesta a estas desigualdades: buscamos trabajar en lo que nos apasiona, crecer profesionalmente, resolver los problemas de conciliación y dar una respuesta a una necesidad social que identificamos desde nuestra experiencia. Sin embargo, aunque emprendamos para transformar, seguimos luchando contra las mismas barreras estructurales que el sistema y sus instituciones aún reproducen, esperando que, como mujeres, asumamos sin quejarnos el rol de cuidadoras principales.

Cuando decidí emprender, descubrí que, sí, hay mayor flexibilidad horaria, pero trabajas el doble. Una sigue siendo madre, pero además se convierte en gestora, administradora, comunicadora, comercial, técnica, diseñadora de formaciones, facilitadora, psicóloga… Antes, como coordinadora de proyectos, trabajaba en equipo con especialistas. Ahora, tengo que asumirlo todo sola. Y además ya no hay un fondo institucional detrás, sino que el capital inicial son tus propios ahorros, alguna ayuda si llega a tiempo o la posibilidad de pedir un préstamo. Y así vas construyendo, poco a poco, sosteniendo tu sueño.

Otro obstáculo importante es el reconocimiento. Ahora soy Pilar Escribano, una profesional que necesita generar confianza y credibilidad desde cero. Y sinceramente, no es lo mismo emprender siendo mujer que siendo hombre. Lo veo constantemente: hay profesionales varones que ofrecen servicios similares, pero cobran más, reciben más visibilidad y credibilidad desde el inicio, y no enfrentan la misma carga emocional, ni social. Ahí está también la brecha salarial y de oportunidades que tantas veces denunciamos.

Por eso creo que, desde las teorías feministas y los enfoques de transformación social, deberíamos hablar más del colectivo de mujeres, madres y emprendedoras con una visión social, que emprendemos no sólo para sobrevivir, sino también para cuidar, sostener y transformar realidades injustas.

¿Cómo has gestionado el equilibrio entre el cuidado de tu hijo, tu bienestar personal y tus metas profesionales?

Estoy en un proceso constante de aprendizaje. He tenido que marcarme una agenda clara, con horarios definidos para trabajar, pasar tiempo con mi hijo y mi familia, y también para dedicarme a lo que me gusta: tomarme un café tranquila, leer, o participar en otras actividades que me nutren, como la política.

He aprendido que el equilibrio también se construye en casa, y que es necesario negociar responsabilidades. La corresponsabilidad no es automática, se trabaja, se conversa y se ajusta. También he tenido que aprender a escucharme, identificar mis propios límites y parar cuando siento que algo empieza a afectarme emocional o físicamente.

Soy muy consciente de que mi trabajo tiene una fuerte carga emocional. Lo hago porque me llena personalmente, pero precisamente por eso me cuido y también exijo cuidado. No podemos sostener a los demás si no nos sostenemos nosotras.

Prácticas como el mindfulness, y sobre todo compartir espacios con otras madres, me ayudan mucho. En esos espacios no soy la profesional, ni la psicóloga, ni la emprendedora. Soy madre, mujer, persona. Y poder estar ahí, sin tener que explicarme, es parte fundamental de mi bienestar.

¿Te has sentido sola en este camino?, ¿Qué apoyos consideras imprescindibles para las madres que desean emprender?

No me he sentido sola porque soy una buscadora activa de apoyos. Desde el inicio me he apoyado en recursos como el servicio PAE, el CIFE o la Escuela Juana Millán. Y ahora, estoy muy agradecida por el grupo de mujeres emprendedoras que ha surgido a partir del PAE. Al final, las mujeres nos necesitamos, nos buscamos, compartimos, aprendemos y crecemos juntas. Eso es lo que le da un valor único y transformador a nuestro emprendimiento: un camino más humano, más cooperativo y con sentido.

Recuerdo que cuando tuve que hacer el análisis de competencia para mi plan de empresa, descubrí que mi «competencia» eran otras mujeres y madres. Y fue entonces cuando decidí cambiar la mirada: no somos rivales, somos compañeras. Podemos colaborar, apoyarnos y tejer redes de sororidad que nos impulsen a todas.

Muchas veces, incluso los propios planes de empresa y los programas de emprendimiento están construidos desde una lógica muy patriarcal y competitiva, que nos empuja a la individualidad y al aislamiento. Las madres que emprendemos necesitamos acompañamiento, formación adaptada a nuestras realidades, redes de apoyo emocional y profesional, y espacios donde nuestras experiencias y saberes sean valorados.

Porque sí, se puede emprender desde otro lugar. Y cuando lo hacemos juntas, el camino, aunque siga siendo difícil, se vuelve más posible y más esperanzador.

Después de recorrer un camino lleno de desafíos, decisiones valientes y encuentros significativos, siempre quedan aprendizajes que nos transforman y nos sostienen. En tu caso, esos aprendizajes no solo vienen de tu experiencia como madre y emprendedora, sino también del trabajo cercano con otras mujeres que, como tú, enfrentan la vida con fuerza y dignidad.

Quiero invitarte ahora a reflexionar sobre todo lo que has recogido en este camino: ¿Cuáles han sido las lecciones más valiosas que has aprendido a lo largo de este recorrido?, ¿Qué te han enseñado las mujeres con las que has trabajado?[e1] . Y mirando hacia atrás, ¿cómo ha cambiado tu perspectiva sobre la maternidad y el autocuidado con el paso del tiempo?

La verdad es que yo llegaba a la maternidad con una base: una formación feminista y muchos años trabajando con mujeres, muchas de ellas madres. Pero cuando te toca vivirlo en primera persona, lo teórico se transforma. Empiezas a sentir en carne propia lo que tantas veces habías escuchado o acompañado, y cada dificultad parece tener ahora un nombre feminista: la carga mental, el mandato de la buena madre, la culpa, la invisibilización.

Hoy tengo más claro que la maternidad debería ser una elección libre y consciente, sabiendo que vas a encontrarte con muchos retos, pero también entendiendo que no tienes por qué perder tu identidad en el camino. Para mí, maternar es justamente eso: poder vivir la maternidad sin dejar de ser tú misma.

También he aprendido que no hay una única forma de maternar. Hay muchas maternidades posibles, todas válidas, donde hay mucho amor, aunque también por momentos muy duros. Incluso hay mujeres que se arrepienten de ser madres, y eso también merece ser acompañado sin juicio. La maternidad es dura, pero no por el hecho de ser madres en sí, sino por cómo la sociedad espera que lo seamos: entregadas, sacrificadas, humildes…

Las madres que nos rebelamos ante ese modelo tradicional incomodamos. Pero necesitamos más rebeldía, más apoyo entre nosotras, más redes y más lucha colectiva por el cambio social. No podemos seguir sosteniendo un sistema que sigue exigiéndonos tanto y dándonos tan poco.

Lo digo también como psicóloga: todos los procesos de acompañamiento, intervención y apoyo deben incorporar esta mirada crítica y transformadora. Si no, solo estaremos reforzando los roles de género que tanto daño nos hacen. Y también es importante decir que muchas de las profesionales que trabajamos en este ámbito somos mujeres, y que nosotras también necesitamos espacios para transformarnos, deconstruirnos y cuidarnos, para poder acompañar a otras madres, niñas y mujeres con diversidad funcional.

Queremos conocer ahora cómo ha sido ese impacto, tanto en tu vida como en la de las personas a tu alrededor. ¿De qué manera tu idea de negocio ha impactado tu vida y la de las personas que te rodean?

Por un lado, me siento profundamente emocionada. Después de un cambio drástico en mi vida, siento que he encontrado un rumbo que me apasiona y que tiene sentido. Emprender en este campo me ha permitido reconectar con lo que soy, con mis valores y con mis ganas de aportar algo valioso al mundo.

Aunque estoy comenzando, ya percibo el impacto. Cuando escucho a otras madres asentir, emocionarse, sentirse reconocidas en mis palabras y desear seguir participando en espacios grupales, siento que esto tiene sentido. Ver cómo algunas de ellas luego se conectan entre sí, se acompañan fuera del espacio formal que yo facilito, me confirma que estamos sembrando algo colectivo, una red que se fortalece.

Muchas familias me han dicho que el hecho de que yo también esté viviendo una experiencia similar —como madre de un niño con diversidad funcional— les hace sentir que realmente las comprendo, que hay una conexión sincera. Eso crea sinergias muy potentes, humanas, que van más allá de la teoría.

Además, sigo vinculada a Honduras. Estoy dando formación a docentes en Honduras sobre educación inclusiva. Aunque me fui físicamente, mi compromiso con la transformación educativa y social allá sigue muy vivo. Este proyecto también me ha permitido entender mejor las realidades de aquí y de allá, y ver que la lucha por la inclusión es global.

¿Puedes compartir alguna historia o testimonio que refleje el impacto de tu proyecto en otras familias o mujeres?

Podría hablar de muchas pequeñas grandes cosas. Recuerdo las sonrisas, la emoción y la satisfacción con la que muchas madres salen de los talleres. Una de ellas, por ejemplo, conoció a otras mujeres que ya estaban en una asociación y eso le dio el impulso para incorporarse también. Ahora forma parte de una red de apoyo que no tenía antes.

También me llena profundamente cuando, después de una formación, una madre me escribe en privado para contarme su historia personal. En una formación sobre finanzas para emprender, compartí mi testimonio y cómo había nacido mi proyecto. Una madre me escribió después para contarme su situación con sus hijos, que le gustaba mucho lo que hacía y que quería seguir en contacto. Esos mensajes me confirman que el trabajo tiene sentido, que toca vidas.

Aprendí a mirar los pequeños detalles: un mensaje, una mirada, una conversación breve… Todo eso me habla del impacto emocional y real que este camino está generando.

Y mirando hacia el futuro, ¿qué te gustaría lograr a largo plazo con tu iniciativa?, ¿Con qué sueñas?

Mi sueño es grande. Quiero consolidar esta iniciativa tanto en España como en Latinoamérica, especialmente en Honduras, donde viví durante 12 años y donde dejé parte de mi corazón y compromiso.

Me gustaría construir una comunidad de familias, profesionales y organizaciones que compartan buenas prácticas en inclusión, que aprendamos juntas, que nos acompañemos y que luchemos por garantizar los derechos de las personas con diversidad funcional desde una perspectiva feminista e interseccional.

Sueño con vivir de esto. No solo porque me apasiona, sino porque creo firmemente en el valor profesional y humano de mi trabajo. Quiero que este proyecto sea sostenible, formar un equipo, crecer como empresa social y ser reconocida por lo que aportamos.

Llegamos al final de esta conversación con el deseo de abrir un espacio para tus palabras hacia otras mujeres. Porque tus vivencias, aprendizajes y decisiones pueden ser faro para muchas madres que están atravesando caminos similares, preguntándose si es posible cuidarse, sostener a sus familias y, al mismo tiempo, dar forma a sus propios sueños.

Antes de cerrar, me gustaría escucharte sobre aquello que quisieras transmitir desde el corazón: ¿Qué mensaje te gustaría dar a otras madres que enfrentan retos similares?

Más que dar un mensaje, me gustaría poder escucharlas. Cada maternidad es única y cada una vive sus retos de forma diferente. No creo en las recetas universales, pero sí en el poder de la reflexión y el acompañamiento.

Si tuviera que invitar a algo, sería a que se pregunten si son felices, si hay algo que les impide serlo, y dónde están esas barreras: ¿están dentro de nosotras o vienen de fuera? ¿Podemos cambiar esas barreras? ¿Necesitamos ayuda para hacerlo? ¿Por qué creemos que tenemos que poder con todo solas?

Creo que es importante abrir espacios donde podamos compartir lo que nos pasa, sin culpa y sin juicio. Porque muchas veces, solo al hablarlo, ya empieza a transformarse.

¿Qué importancia tiene el autocuidado y la salud mental en la maternidad y el emprendimiento?

El autocuidado y la salud mental no son un lujo, son una necesidad. Son la base para sostenernos como madres, como mujeres y también como emprendedoras.

Te comparto algunos datos que reflejan esta realidad:

  • 7 de cada 10 mujeres emprendedoras se sienten emocionalmente agotadas por la doble o triple carga (FADEMUR, 2023).
  • El 65 % tiene dificultades para encontrar tiempo para sí mismas (Informe «Mujeres Emprendedoras e Igualdad», 2022).
  • Muchas se sienten juzgadas por no llegar a todo, invisibilizadas como profesionales y también como cuidadoras. Viven con autoexigencia extrema y miedo al juicio externo: ni “buena madre” ni “buena emprendedora”.

Cuando asesoramos o acompañamos a mujeres que quieren emprender, no podemos dejar de lado estas realidades emocionales. Hay días en que sientes que te has equivocado, que no vas a poder, que lo estás haciendo mal. Y a eso se suman las exigencias del día a día y las voces externas que generan dudas.

Por eso, necesitamos incluir herramientas de autocuidado, gestión emocional y espacios para compartir experiencias como parte esencial del proceso de emprender. Vivimos en una sociedad que no nos ha enseñado a pensar en nosotras, a priorizarnos, a cuidarnos… como si eso fuera egoísta. Y es justo lo contrario: es imprescindible.

¿Y qué consejo le darías a mujeres que desean emprender, pero sienten miedo o inseguridad?

Que no lo hagan solas. Emprender en soledad es duro. Pero acompañadas, el camino cambia completamente.

Mi consejo es que busquen personas, espacios, redes que les orienten y les comprendan, que conozcan la realidad concreta de las mujeres y de las madres que emprenden. Necesitamos acompañamiento real, sororidad y referentes que nos inspiren sin idealizarnos.

El miedo y la inseguridad son parte del camino. Pero también lo son la alegría de hacer algo con sentido, la fuerza que nace al compartir con otras, y el orgullo de crear un proyecto propio desde tu historia, tus valores y tu deseo de cambiar el mundo.

Gracias por abrirnos la puerta a tu historia, por compartir con tanta honestidad tus vivencias, aprendizajes y el alma de tu proyecto. Escucharte nos recuerda que detrás de cada iniciativa con propósito hay una mujer que resiste, que sueña, que cuida y que también necesita ser cuidada.  Antes de finalizar.

¿Cómo pueden las personas interesadas conocer más o sumarse a tu proyecto?

Lo más bonito es cuando alguien me escribe o me llama directamente. Podemos hablar sin compromiso, tomarnos un café (virtual o presencial) y ver si lo que ofrezco puede ayudarle o si podemos crear algo juntas. Me encanta conocer a las personas que llegan a mi proyecto desde lo humano, desde la conversación.

También pueden visitar mi página web o seguirme en redes sociales (Facebook /Instagram) para conocer lo que hago. Pero, sinceramente, prefiero el contacto directo, cercano, de tú a tú. Porque creo que así es como nacen las redes verdaderas y los procesos que transforman.

¿Hay algún mensaje final que quieras compartir en el Día Mundial de la Salud Mental Materna?

Sí. Que cuidar la salud mental materna es un derecho. No podemos seguir normalizando el agotamiento, la culpa o el silencio que muchas madres viven. Necesitamos espacios donde podamos hablar sin ser juzgadas, donde podamos sentirnos acompañadas, visibilizadas y sostenidas.

Ser madre no debería implicar dejar de ser una misma. Merecemos cuidarnos, pedir ayuda, tener redes de apoyo reales y vivir esta etapa desde la libertad, no desde la exigencia o el sacrificio constante.

En este día, quiero decirles a todas las madres: no estás sola, lo que sientes importa, y tu bienestar también cuenta. Apostar por la salud mental materna es apostar por una sociedad más justa, más humana y más igualitaria.

Este paso también se tiene que dar desde la sociedad y el Estado. Porque el cuidarnos no solo tiene que ser responsabilidad nuestra. Hay una trampa porque esto se puede convertir en más carga para nosotras, sobre todo cuando no hay un cambio en la estructura social de género. Cuidarse sin políticas para el cuidado y cuando no hay una conciliación y corresponsabilidad real, no es viable…se convierte en una actividad más por hacer en nuestra lista de propósitos.

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