«Don’t throw the baby out with the bathwater.»
Tras alargar el periodo estival, he vuelto a mis actividades con el grupo de mujeres emprendedoras, retomando el coaprendizaje entre veteranas y recién llegadas.
Antes de las vacaciones, abordamos cuestiones metodológicas para el lanzamiento de ideas de negocio utilizando Lean Startup. Aunque siempre he creído que no es necesario llevar a las personas emprendedoras a los límites conceptuales de la filosofía ágil, he aprendido que es esencial llegar a lo óptimo y lo fundamental.
Soy defensor de metodologías más robustas como la planificación estratégica, pero me acerco a lo ágil con precaución: ¡Cuidado, no tiremos el agua de la bañera con el niño dentro! «Don’t throw the baby out with the bathwater.»
Las metodologías, ágiles o tradicionales, son herramientas clave para el emprendimiento, pero deben estar al servicio de los objetivos, no convertirse en un fin. La agilidad aporta flexibilidad en entornos inciertos, mientras que la planificación estratégica ofrece la visión a largo plazo necesaria para el crecimiento sostenible.
El verdadero reto es encontrar el equilibrio adecuado. En las primeras fases, la agilidad es crucial para experimentar y aprender rápido. Pero, a medida que el negocio madura, necesitamos la estructura y la visión de la planificación estratégica para asegurar que el proyecto se mantenga en el camino correcto y se construya una ventaja competitiva sólida.
Un problema común entre las personas emprendedores que adoptan únicamente enfoques ágiles es el riesgo de perderse en la experimentación continua sin llegar a resultados concretos. Se corre el peligro de cambiar de dirección tantas veces que nunca se consolida una estrategia clara, o de estar tan enfocado en las soluciones a corto plazo que se pierde la visión de conjunto.
Al abrazar la agilidad, no debemos deshacernos de los elementos esenciales de la planificación estructurada. Las iteraciones ágiles deben estar enmarcadas dentro de una visión más amplia y de objetivos bien definidos que puedan guiar el crecimiento del negocio. De lo contrario, corremos el riesgo de movernos rápido, pero sin dirección.
Por eso, en la práctica, el equilibrio se encuentra en adoptar una «planificación con agilidad». Esto significa que las metas y la visión estratégica deben estar presentes desde el principio, pero deben ser flexibles y adaptables en función de las lecciones que se van aprendiendo a lo largo del camino. No se trata de seguir un plan inamovible, sino de tener un horizonte claro y recalibrar el camino cuando sea necesario.
Metodologías como Lean Startup no deben verse como enemigas de la planificación estratégica, sino como un complemento que permite que esta última no sea rígida ni estática, sino dinámica y viva. De esta forma, las decisiones de negocio se tomarán basadas en datos reales, pero sin perder de vista el contexto más amplio.



